ORÍGENES FAMILIARES DE LA CULPA (S3:II)
Bien hallados sean:
Lo que los padres piden o exigen al niño se convierte en norma de acción, en el punto de referencia desde donde se va a juzgar la actuación y sus resultados. Si el niño no cumple con lo que se pidió se sentirá en falla, en deficiencia, en culpa. Es el momento del vacío: no existe el resultado esperado ni la creída capacidad del niño de actuar como se debía.
Hay múltiples mensajes enviados por los padres que pueden ejercer un efecto pernicioso en la autoestima de un niño y muchos son versiones distintas al: "No eres lo bastante bueno". Estos mensajes se trasmiten a través de una crítica continua, pero a veces por la sobrestimación. Si un niño se siente sobreestimado, si sus padres perciben sus logros de un modo exagerado, el niño queda con la sensación de que no basta ser quien es en realidad.
A veces la culpa significa que el niño necesita volverse un impostor o un mentiroso. Necesita convertirse en impostor si siempre tiene que negar sus propias necesidades para darle gusto al adulto; o mentiroso si le hace caso a sus sentimientos pero tiene que mentirle a los otros sobre lo que siente, piensa y/o hace para satisfacer sus deseos.
Al convertirse en impostor, después de años de actuar y pretender, pierde conciencia de su identidad y se impide el desarrollo de la autoestima.
Otras veces la culpa significa experimentar un sentimiento de ser nadie, ya que el niño y la persona adulta, secuestrados por la culpa, saben que los demás, normalmente, están antes que ellos. Aquí el sentimiento de fondo es: "Yo no merezco".
Cuando una persona espontáneamente se percibe en deuda con la vida, no vive libre sino dependiente de los resultados que aprueben tanto los otros como él mismo. La autovaloración (autoestima) es baja y con sentimientos de inseguridad.
Si en una familia los papás se sienten deudores, los hijos nacerán ya con facturas en blanco y firmadas por ellos. Eso se trasmite de generación en generación. La culpa surge al nacer el bebé y se va nutriendo cuando las exigencias paternas sobrepasan las propias y lo que se está en capacidad de cumplir.
Los padres muy estrictos, muy exigentes o muy arbitrarios crean niños culpables. Si el niño o el hombre está eternamente en deuda, está para siempre obligado y obediente.
Cuando alguien hace sentir culpable al otro, lo mantiene en ese estado porque es muy conveniente para lograr la obediencia. Aunque el culpable se rebele, se mantiene aferrado a su culpa, a la deuda que no paga, al deber que no realiza.
Además, el niño occidental depende por entero de sus padres para satisfacer sus necesidades nutritivas, materiales y afectivas y no tiene otra elección que amarlos, de allí que todo movimiento agresivo despertado por las frustraciones y prohibiciones pueda ser el origen de una intensa culpabilidad. La culpa hace que uno se sienta tremendamente solo, con una sensación de depresión.
Si los padres abusan del niño física, sexual, emocional o mentalmente, causándole dolor, el pequeño se echará la culpa y sentirá que él es el malo del cuento. El niño hace esto porque es la única manera en que puede seguir creyendo en la protección todo poderosa de sus padres y porque caer en cuenta de la incompetencia de ellos, le produciría una ansiedad intolerable.
El "vínculo imaginario" que establece el niño es la defensa más importante de todos los sistemas psicológicos humanos, incluyendo los sistemas patológicos y los de individuos sumamente normales. El vínculo imaginario es la ilusión de conexión y protección que establecemos con la persona que (sin satisfacer adecuadamente nuestras necesidades emocionales) nos cuidó durante la infancia. El vínculo imaginario es como un oasis en el desierto que nos permite sobrevivir.
Todos los seres humanos desarrollamos un vínculo imaginario hasta cierto grado, pues no existen madres, padres o personas perfectas. De hecho, para poder crecer y dejar nuestro hogar, debemos abandonar la ilusión de conexión y protección. Crecer significa aceptar nuestra soledad fundamental, significa que debemos enfrentarnos a los terrores nocturnos y aceptar por nuestra cuenta la realidad de la muerte. Para la mayor parte de nosotros significa que debemos renunciar a la imagen idealizada e ilusoria que tenemos de nuestros padres.
Entre más carencias emocionales haya tenido una persona, más fuerte será el vínculo imaginario que desarrolle; y por paradójico que parezca, entre más abandonado haya sido un individuo, más necesitará asirse de -e idealizar a- su familia y sus padres. La idealización paterna tiene que ver con la manera en que fuimos criados.
Por su indefensión, dependencia y terror, ningún niño está dispuesto a aceptar que sus padres están enfermos o locos, o que simplemente son inadecuados o imperfectos. La naturaleza protege al niño proporcionándole el proceso cognoscitivo egocéntrico, mágico e ilógico del que hablamos anteriormente.
Para estar a salvo y para poder sobrevivir, el niño abandonado debe idealizar a sus padres y considerarse a sí mismo "malo", aunque ello traiga consigo la escisión de su persona.
Esta parte escindida se constituye de los aspectos paternos que el niño rechaza. El niño proyecta un yo dividido y prohibido hacia los demás (es decir, hacia los extraños, hacia quienes no son miembros de su clan familiar), y a la vez introyecta las voces de sus padres. Esto quiere decir que el niño continúa escuchando el diálogo original, y cargado de sentimientos de vergüenza, que tuvo con sus padres.
El niño se trata a sí mismo como fue tratado por sus padres. Si el niño fue avergonzado por sentirse enojado, triste o sexual, se avergonzará cada vez que sienta enojo, tristeza o deseos sexuales. Todos estos sentimientos, necesidades o impulsos terminan formando un lazo irrompible con la vergüenza. Este quebranto interior es tan doloroso, que el niño desarrolla un falso yo. Esta falsa personalidad se convierte en la máscara o en el rígido rol que la cultura o el sistema familiar requieren para mantener cierto balance. Con el paso del tiempo, el niño se identifica con esa falsa personalidad y termina no siendo consciente de sus verdaderos sentimientos, necesidades o deseos: la vergüenza ha sido interiorizada, y ha dejado de ser un sentimiento para convertirse en una identidad. El verdadero yo pierde el contacto consciente consigo mismo y ya no puede ser el objeto de su estima.
Lo que se apreciará será la máscara y la máscara está siempre en función de los demás. Eso quiere decir que se vivirá en función de lograr la aprobación de los otros, de ser reconocido y valorado por ellos, pero será un reconocimiento y valoración que no podrá dar una verdadera satisfacción, pues se trata de la máscara.
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