EL MIEDO Y EL FUNCIONAMIENTO DE LOS ÓRGANOS DEL CUERPO (S2:VII)
Bien hallados sean:
Como conclusiones del tema "el miedo" tenemos las siguientes anotaciones. El hombre es un animal que está mal equipado en lo referente a armas
biológicas así que entre sus reacciones corporales espontáneas ante el peligro
automáticamente suprime el deseo sexual, el hambre y el sueño.
Cuando el organismo
huye o pelea, libera brutalmente una considerable cantidad de energía que
permitirá el trabajo de los músculos asegurando su autonomía motriz en el
medio. Así pues los músculos necesitan momentáneamente un abastecimiento
preferente. Deben recibir más sangre para sacar de ella más combustible,
necesario para el mantenimiento de su maquinaria metabólica (ácidos grasos,
azúcares) y para verter en ella las sobras de este trabajo intensivo (ácidos
orgánicos variados).
Por esto el corazón
latirá más deprisa, aumentará su capacidad. La respiración se acelerará y
permitirá una mejor oxigenación de la sangre circulante y una excreción
aumentada del gas carbónico. Pero todo esto sólo es posible si el sistema
nervioso, después de haber tomado conocimiento del peligro, cumple también su
papel de ordenador y de coordinador.
La masa sanguínea
circulante, que no puede variar considerablemente, tendrá pues que repartirse
diferentemente en el organismo, privando momentáneamente a ciertos órganos,
inútiles para la huída o la lucha, como son los contenidos en la cavidad
abdominal que están sobre todo orientados hacia la absorción y el
almacenamiento de los alimentos (intestinos, hígado), hacia la excreción de
ciertos ácidos fuertes (riñones) o hacia la reproducción (órganos genitales).
Esto será posible gracias a la disminución del calibre de los vasos que los
irrigan (vasoconstricción).
El hombre moderno en
sus fortificaciones artificiales no entiende las reacciones del diencéfalo
cuando se produce el miedo; no interpreta correctamente las preparaciones
físicas para la fuga y entonces habla de impotencia o frigidez cuando el miedo
le suprime el instinto sexual; o de indigestión cuando su aprensividad le mata
el apetito o de insomnio cuando el miedo lo mantiene despierto en la noche; le
llama lumbago a la tensión de los músculos que lo mantienen erecto mientras
corre; dolor de cabeza al aumento de la presión sanguínea, y diarrea a la
eliminación repentina de materia desechable y así sucesivamente.
La civilización ha evitado que el ser humano se de cuenta que estas
reacciones corporales son resultados normales de la alarma dioencefálica y de
la movilización de esos maravillosos mecanismos de fuga a los que las especies
le deben su existencia.
En todas las criaturas
que buscan seguridad en la huída el instinto de miedo sobrepasa al instinto del
hambre. En presencia del peligro el diencéfalo suprime el hambre por medio de
la detención de la secreción de jugos gástricos y la contracción de los
músculos circulares del intestino donde el diencéfalo tiene control. La boca se
abre de modo que los dientes no pueden morder. El flujo de la saliva se cierra
haciendo que se seque la boca. El esófago se contrae y hace imposible la
ingestión.
Con
la ausencia de jugo gástrico, el fuerte músculo en forma de anillo que controla
la salida del estómago, el píloro, se cierra de golpe y el flujo de la bilis y
la secreción pancreática que va al duodeno es checada por una apretada
contracción de un músculo en forma de anillo.
Con
todos esos mecanismos intestinales que entran en operación inmediatamente en
presencia del miedo, no hay ni el deseo ni la capacidad de ingerir otro bocado.
Como siempre en fisiología, los resguardos para la supervivencia van más allá
de lo que parece necesario y esos dispositivos diencefálicos no son sólo a
prueba de tontos sino que también trabajan con un enorme margen de seguridad.
Cuando
una reacción de miedo dioencefálica bloquea la secreción de jugos gástricos, no
puede ser digerida la comida que se ingiere, puede permanecer en el estómago
más tiempo que lo normal y causar un sentimiento de estar lleno, pesadez o
indigestión. La comida que no ha sido preparada para su digestión en el
estómago no es apta para ser tratada por las enzimas en los intestinos delgado
y grueso. Cuando tal comida que no está preparada llega al colon, está lista
para ser rápidamente eliminada como materia desechable.
A
esta condición, en la que la digestión estomacal insuficiente conduce a
evacuaciones acuosas, se le llama diarrea gastrogénica. Puede ser controlada
administrando jugo gástrico artificial en la forma de ácido hydoclórico
diluido.
Comportamiento neuro-muscular generado por el miedo (reflejo de
retracción)
Cuando tenemos miedo se encoge el abdomen, los hombros y el cuello
(reflejo de retracción). Es una acción refleja, es decir, es una acción motora
rápida, que forma parte de la red de circuitos nerviosos aun en los organismos
más simples y los ayuda a sobrevivir apartándolos rápidamente del peligro.
Todos los mamíferos que han sido estudiados muestran el reflejo de
retracción. En el ser humano el reflejo de retracción es sorprendentemente
rápido. Si una mujer va caminando por la calle y de pronto oye una explosión
del tubo de escape de un coche, sucede lo siguiente:
“en catorce milisegundos los
músculos de su mandíbula comienzan a contraerse; inmediatamente después, unos
veinte milisegundos más tarde, contraerá también los ojos y frente, pero antes
de que se le cierren los ojos, los músculos del hombro y del cuello (los
trapecios) habrán recibido, a los veinticinco milisegundos, un impulso neural
de contraerse, haciendo que sus hombros se levanten y la cabeza se proyecte
hacia delante. A los sesenta milisegundos los codos se le doblan y sus manos
comienzan a voltear las palmas hacia abajo. Esos impulsos neurales descendentes
contraerán ahora el músculo abdominal, lo que hace que el tronco se incline
hacia delante, jalando la caja torácica hacia abajo y al mismo tiempo
deteniéndole la respiración. Inmediatamente después las rodillas se le doblan,
apuntando hacia adentro mientras los tobillos se flexionan haciendo que los
pies giren uno en dirección del otro, se contraen los músculos de las
entrepiernas y los dedos de los pies se curvan hacia arriba. Todo esto
constituye el reflejo de luz roja: la acción del cuerpo de apartarse del
peligro. El cuerpo se dobla y se encoge, como si se preparara a caer y
enroscarse en posición fetal.
Este
alud de impulsos neurales comienza en la cara, luego pasa al cuello, después a
los brazos y al tronco y finalmente alcanza las piernas y los dedos de los
pies. ¿Por qué esta secuencia desde la cabeza hacia abajo? Porque el impulso se
origina en la base del tallo cerebral y primero llega a los músculos de la
región de la cabeza y requiere de más tiempo para viajar por los conductos
nerviosos hasta alcanzar las regiones más distantes del cuerpo.”[1]
Con el
miedo los pies nunca están completamente puestos en la tierra, más bien hay uno plantado y otro volando. A
la gente que está así se la puede tocar con un soplo y cae con facilidad.
El peso desequilibrado en el cuerpo puede ser momentáneo o permanente.
Es permanente cuando el miedo llega a ser una actitud ante la vida, ante los
otros y uno mismo. Esto tendría su base en la infancia.
[1] Thomas Hanna, Somática. Recperar el
control de la mente sobre el movimiento, la flexibilidad y la salud,
Editora y distribuidora Yug, México, 1994, p.69
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