PESIMISMO Y OPTIMISMO (S2:VI)
Bien hallados sean:
Plino, un intelectual romano de la
antigüedad, escribió que "ningún ser animado experimenta un miedo más perturbador
que el hombre"; esto es así porque el ser humano tiene conciencia de su pequeñez
e insuficiencia frente a la grandeza del mundo y de la vida.
Este sentimiento de pequeñez se refuerza con mucha intensidad durante la
infancia que es una época de gran dependencia, miedos e insuficiencia. [1]
La infancia será fuente
de miedos o confianza según la educación que recibimos. Si se nos protegió y se
nos guió adecuadamente de manera que fuéramos siendo cada vez más capaces de ir
resolviendo nuestros problemas enfrentaremos la realidad de una manera más
segura y confiada que los que no tuvieron ese apoyo.
De la infancia
dependerá nuestra actitud optimista o pesimista ante la vida.
Hay una indefensión
aprendida y un optimismo aprendido. La indefensión es una situación en que nada
de lo que el sujeto elija hacer influirá en lo que le suceda. La vida comienza
en una absoluta indefensión y puede terminar así. El periodo intermedio es un
proceso más o menos constante, más o menos eficaz, de salir de la indefensión,
ganando control personal. En los primeros tres o cuatro meses el niño somete
sus piernas y brazos a un rudimentario control. Para desesperación de sus
padres, el llanto se hace voluntario. El primer año termina con dos conductas
milagrosas: los primeros pasos y las primeras palabras. Si las cosas van bien,
los años siguientes señalarán un progreso en el control. Pero si el niño
sobreestima su indefensión, otras fuerzas tomarán el control y determinarán el
futuro.
La eficacia en el
afrontamiento del entorno no es un mero conocimiento de cómo conviene actuar,
sino un hábito operativo. La eficacia en el rendimiento requiere una continua
improvisación de habilidades que permitan dominar las circunstancias cambiantes
del entorno, la mayoría de las cuales están constituidas por elementos ambiguos
e impredecibles. Por tanto, el sujeto va a responder a ellas con sentimientos
distintos, que le llevarán a la retirada o al enfrentamiento, dependiendo de la
ansiedad que les produzca o de su capacidad para soportarla.
Aquellos que se
consideran ineficaces en el trato con el entorno exageran la magnitud de sus
deficiencias y de las dificultades potenciales del medio.
La gente teme y tiende
a evitar aquellas situaciones amenazantes que considera por encima de sus
habilidades, mientras que elige actividades en las que se siente capaz de
manejar situaciones. Es decir, la idea que tenemos sobre nosotros mismos dirige
no sólo la acción sino el sesgo con el que elegimos o confirmamos nuestras
creencias.
Todas las personas
sufrimos fracasos que momentáneamente nos sumergen en una situación de
impotencia o desmoralización. ¿Por qué unas personas salen pronto de esta
situación mientras que otras quedan encerradas en ella como en una trampa? La
contestación es que cada persona tiene un estilo para explicar los sucesos que
le afectan. Simplificando, podemos llamarlos estilos pesimista u optimista.
El estilo pesimista usa ciertas razones para
explicar los sucesos desagradables. Son personales ("Es culpa mía"),
permanentes ("Siempre va a ser así") y expansivas ("Esto va a
destruir mi vida entera"). Al explicar un fracaso de modo permanente y
amplificado, se está proyectando el suceso presente sobre el futuro. De esa
manera el fracaso no es sólo un resultado del pasado, o un acontecimiento
presente, sino que se convierte en una anticipación del futuro. Todo va a
ser así, por mi culpa, para siempre.
Por el contrario, el
modo optimista de explicar las cosas propone causas contrarias: hay cosas que
no dependen del sujeto, las malas situaciones no van a durar siempre y no
ocupan toda su vida sino tan sólo una parcela de ella.
Tres causas principales
determinan el estilo de interpretación afectiva del sujeto. El primero es el
modo como la madre explica los sucesos. El pesimismo u optimismo de la madre va
a ser recibido por el niño como si fuera la propia estructura de la realidad.
El segundo elemento es
el modo como los adultos -profesores o familiares- critican el comportamiento
de los niños. Las explicaciones específicas, temporales y no expansivas no
deprimen, las contrarias sí.
El tercer elemento es
el modo como los niños han superado las crisis importantes de su vida. Los que
las han superado bien se enfrentan de manera optimista con las siguientes
crisis de su vida.
Todos los actos que
realizamos bien son de motivo único. Los que logramos realizar con esfuerzo
considerable tienen un motivo más o menos dominante. Los que no podemos sacar
adelante se deben a motivos contrapuestos de igual intensidad o son aquellos en
que el motivo inhibitorio es más fuerte.
[1] Las ideas de este
apartado están tomadas de José Antonio Marina en su libro El laberinto sentimental.
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