LA PAZ DEMOCRÁTICA
Bien hallados sean:
Llegar
a un estado pacífico, de paz activa (esto es, la paz que se construye
transformando las condiciones socio-políticas), solo es posible bajo el cobijo
de la democracia: es conveniente adoptar una visión integral de la paz como
fenómeno social y político. Es decir, que la experiencia humana ha demostrado
que múltiples son los caminos hacia el establecimiento de una sociedad pacífica
y equitativa; y que lo importante más que el predominio de una teoría sobre
otra, es la satisfacción de ciertos principios básicos entre los que destacan
el respeto a los Derechos Humanos y la preservación de la vida como sustento
mismo de la convivencia civilizada. En este sentido, no es posible concluir
este acápite sin adoptar una posición ética. A nuestro juicio, la consecución
de la paz –en su acepción más integral– no es posible sin el perfeccionamiento
de los procesos democráticos. Estos procesos, que están condicionados por la
experiencia histórica de cada pueblo o nación, conllevan, como signo
distintivo, la promoción de la libertad y la búsqueda de la equidad económica y
social para el mayor número. En otras palabras, la paz sólo se puede garantizar
en el largo plazo en sociedades justas, pluralistas, participativas y prósperas”.
Educar para la paz requerirá de una educación para la democracia: son una unidad inseparable desde un mismo núcleo: la tolerancia y el respeto al otro y a su
lugar en el espectro social.
Aceptando
este constructo, entendemos que prácticamente todos los espacios de la relación
humana pueden presentar riesgos de llevar los vínculos entre los sujetos de
formas poco pacíficas e incluso violentas, pero también da paso a la idea de
favorecer la formación de sujetos a favor de la paz es requerido en términos de
competencia social, construyendo recursos por los que el sujeto pueda usar su
inteligencia y su emoción en pro de vivir vínculos buscando acuerdos con los
semejantes por quienes se acompaña.
Si
bien la actual cultura política da lugar a distintas formas de participación
ciudadana, ésta tiene que ir acompañada de un proceso de educación por el cual
vaya quedando clara la trascendencia del ejercicio ciudadano de participar,
entendido como un derecho para involucrarse en las decisiones comunitarias de
manera tan activa como pacífica, respetuosa siempre del otro o los otros. Se
entiende la ciudadanización como un proceso por medio del cual el sujeto que
pertenece a una comunidad organizada, toma conciencia de que tiene determinados
derechos y deberes públicos, que son compartidos con otros iguales que él, así
se instaura en su condición de con-ciudadano, actuando en consecuencia de
manera individual y/o colectiva, pero siempre sabiéndose y en estos términos,
el proceso de ciudadanización es como el sujeto va siendo tomado por lo
comunitario, como va apropiándose de un lugar en el espectro de lo social y en
relación con el resto de los conciudadanos erigiéndose como un sujeto de la
política, quien tiene opinión acerca de la organización de la administración
pública y quien puede mostrar su criterio en el discurso y en los actos, esto
es, su intervención en asuntos ciudadanos que reclaman su atención, como en su
participación política electoral, en la definición de las instituciones de lo
político, en el sistema partidista, en los fenómenos de las masas en los actos
de proselitismo electoral, en su concepción de la democracia, en el derecho
electoral, en la historia de las elecciones, en el abstencionismo, en el
financiamiento de las campañas y precampañas, en la tolerancia, en la
diversidad ideológico-política...
Tenemos
entonces esta dimensión del análisis en términos de conciencia social, de lo
que socioculturalmente implica el existir como un ser social, tomando
conocimiento y actuando en consecuencia de ello, interviniendo en asuntos
públicos, de modo que desarrollar este saberse sujeto de lo social se convierte
en un motivo para encontrar sentido práctico a la participación política, ya
que con este proceso de socialización es donde se vienen generando actitudes a
través de información y demás símbolos que se intercambian con los grupos en
los que se participa, empezando en la familia, pasando por la escuela y el
total de prácticas sociales que el sujeto vive. Este proceso socializador-ciudadanizado
del sujeto debe darse cobijado por los principios éticos y morales del “ser
político-social”, que impulsen una participación respetuosa, de buenos juicios,
mediada por la reflexión, la racionalidad y la conciencia de las situaciones
objetivas por las cuales regir la conducta propia. Luego de tomar conciencia y
postura como “ser social”, es factible que aparezca el desarrollo de la
identidad cultural como una condición que favorece en alta medida el interés
por participar en asuntos concernientes a definir la organización social en
términos pacíficos y democráticos.
Sin
embargo, habitar en una sociedad más tolerante y pacífica no se ha de dar por
sí solo, es una tarea que reclama el dejar de apostarle a la búsqueda incesante
del encuentro de los goces en el vínculo con los objetos que debiera darse en
términos de mayor compromiso para lograr metas afines al desarrollo
comunitario, dándole menos espacio al tipo de prácticas sociales cargadas de
connotaciones perversas en donde no importa el otro en nombre del mínimo
esfuerzo para el logro de la resolución del mundo de la vida cotidiana que la
sociedad neoliberal define. Construir este tipo de vínculos de respeto al otro
y de compromiso social para ganar tolerancia y paz en la dinámica global a
través de la convivencia, solo puede ser posible mediante un concienzudo
proceso formativo tomado por la ética para sostener la legalidad y sobre todo,
la justicia. Al respecto, habremos de tener claro que la base para una sociedad
democrática y pacífica es la convivencia regulada por principios categóricos
enmarcados éticamente en un entramado interdependiente de líneas de acción que
corresponden a la tolerancia, la legalidad y los derechos humanos.
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